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EN CHINA TODO ES GRANDE
China, situada en el mapa en el extremo oriental
asiático, esta
dividido en 32 provincias donde sus más de 1000 millones de habitantes
hablan 42 idiomas diferentes y más de 100 dialectos. Con un crecimiento
económico cercano al 10% anual y de gobierno comunista, ha sabido
abrirse al mundo y parece estar destinado a ser el país que acabará dominándolo
en el S XXI si más no en el ámbito comercial.
Al abrir los ojos desde el avión son las dos de la madrugada pero
con el sesfase horario ya es de día. Estamos sobrevolando Gobi,
el desierto más grande del mundo. Más tarde preparo la cámara
para fotografiar desde asiento privilegiado la Gran Muralla, el mausoleo
más grande del mundo, pues debajo están enterrados todos
los que murieron extenuados por el esfuerzo en su construcción,
y debería ser cierto pues la excursión a pié de dos
horas me deja flojo de fuerzas. Intento recuperarlas con la gran variedad
culinaria del país, pero mi inexperiencia con los palillos hace
que el primer día deje tan manchado de comida el mantel que parece
un cuadro surrealista. Volviendo a la capital, Beijing es un monstruo de
16 millones de habitantes que crece imparable sobre los cinco anillos concéntricos
que rodean la ciudad y donde me alojo en el número 100053 de una
importante avenida donde las aceras están repletas de bicicletas
aparcadas, aunque en la calle ya mandan los coches, los cuales en las horas
punta colapsan la ciudad. Igual de colapsado en estas horas está el
metro, donde el personal funcionario nos empuja para hacernos entrar dentro
de los vagones a fin que se puedan cerrar las puertas.
  
A las 6:30 a.m. todo el mundo ya se mueve, bien en los parques haciendo
taichi o yoga como en los mercados y yendo al trabajo. Los más
jóvenes visten ropa informal o traje a lo occidental, mientras
que los más grandes se les puede ver en las esquinas de los
hutongs jugando al ajedrez chino vestidos con la típica vestimenta “Mao” y
hasta algunos ya se han apuntado a la apertura económica comunista
cambiando la gorra de la estrella por las gorras nike o adidas.
Un momento emocionante lo vivo en la plaza Tiananmen, donde se encuentra
ubicado el mausoleo con el cuerpo embalsamado de Mao, donde las quilométricas
colas para verlo se lleva a término todavía con devoción
por los mayores y sorprendentemente por muchos jóvenes y , donde
la venta de flores para la ofrenda también se ha adecuado al negocio
capitalista gubernamental. Me viene a la mente el estudiante que se puso
delante del tanque en aquellas imágenes del año 89, justo
donde Mao y los dignatarios comunistas de la época veían
pasar los desfiles militares con los misiles intimidatorios, una de las
pocas imágenes de la revuelta que salieron a la luz fuera del
país. No será el caso de la mujer que acaban de arrestar
delante mío, quien es inmovilizada por llevar una pancarta en
forma de protesta por miembros del ejército, los cuales están
más pendientes que no haga uso de mi cámara fotográfica
que de la situación de represión contra aquella mujer de
facciones tibetanas. Pero más emocionante y grato es el momento
vivido dentro del recinto de la Ciudad Prohibida, donde haciendo uso
de la habilidad que he ido adquiriendo con los palillos, consigo comer
en el comedor de trabajadores a tocar del reverso de una de las puertas
rojas del recinto.
  
Era sabido que el pato es un manjar típico pequinés, pero
no la carta de perros del restaurante que me encuentro en el interior
de un hutong de la capital. Más suerte tiene el oso panda, símbolo
del país y bien acondicionado en el zoo donde nunca le falta el
bambú.
La ciudad está llena de palacios y templos, donde el rojo y amarillo
dominan la retina de los ojos, colores reservados a los emperadores y
usado también en los templos budistas, taoístas y confucionistas
con cada vez más adeptos.
Adentrandome país adentro en los trenes abarrotados de gente,
consigo llegar a la antigua ciudad imperial de Xi´an. Oleadas de
gente proveniente del campo llegan a esta hoy día capital de una
de las 32 provincias, de seis millones de habitantes y que colapsan todos
los medios de transporte, vías y edificios públicos. Me
sorprende el orden cuadriculado en las calles y viales de todas las ciudades
país adentro y lo compruebo con la brújula desde el punto
más alto de la ciudad, la Gran Pagoda. Amurallada y protegida
por las torres del tambor y la campana, edificios avisorios a la población
al igual que aquí los campanarios de las iglesias en tiempos remotos,
pasear por las calles de los barrios antiguos es volver años atrás,
donde los niños hacen los deberes sentados en pupitres en la calla
al lado del comercio vigilados por sus padres, y las jaulas con pájaros
se pasean como aquí lo hacemos nosotros con los perros.
Pero esta ciudad queda eclipsada por un pequeño pueblo rural a
45 Km. donde hace años se encontró un ejército a
medida real hecho en terracota y donde una cadena hotelera de lujo está instalando
un resorte para alojar los turistas que vienen por medio de las agencias
de viajes y que de bien seguro se perderá la visita no menos interesante
al museo de historia de la ciudad, donde hago amistad con un pintor de
renombre a nivel nacional quien está exponiendo sus obras y que
me vende a precio “de amigo” una de representativa.
  
A estas alturas tierra adentro, poder entenderse (en inglés) y
comunicarse (en signos) es casi imposible, extremo en el caso de las
gentes de la última provincia china a tocar con Kazajstán
y Kirguistan, los cuales no hablan ni en chino, tienen como religión
la musulmana y donde anecdóticamente solo puedo establecer conversación
con una sola persona. Ahora soy yo el atractivo turístico. Una
especie de pan casero mojado en agua es el único alimento en las
46 horas que dura el viaje en tren de tercera clase para la mayoría
de los que van a la gran ciudad a buscar trabajo y una mejor vida para
estos chinos con tez de Gengis khan que solo hablan un dialecto del árabe.
En cuestión de días paso de la grandeza imperial de Beijing
y la revolución cultural y económica de las poblaciones
de las provincias, a la modernidad absoluta de Shanghai. Antes, en Nanjing
puedo observar nuevamente una capital de provincia donde la construcción
de barrios de viviendas de edificios de 42 plantas crece más rápido
(por necesidad) que la especulación inmobiliaria vivida en nuestro
país en el último quinquenio.
Casi tocando a mar, en la población de Suzhou hago una visita
curiosa a una fábrica de seda viendo como se extraen los 1500
metros de hilo del capullo de un gusano de seda. Igual e interesante
es recorrer sus calles en barca en esta especie de Venecia china, donde
las cocinas de las casas dan a los canales y las cocineras se sorprenden
al verme. Vuelvo una vez más a ser el atractivo turístico
para sus habitantes, donde el 99% del turismo de China procede de sus
nacionales.
“
The Bund”, la zona financiera de Shanghai, un barrio de seis millones
de habitantes donde hace justo doce años se puso la primera piedra,
es el máximo exponente del crecimiento económico chino.
Espectaculares rascacielos parecen competir en altura, donde el más
alto de 84 plantas, me eleva en el ascensor a 9 m/seg. Cabinas telefónicas
con videoconferencia, autoservicio de carga de móvil en cinco
minutos y taxis con pantalla interactiva de información turística
no me dejan indiferente. A la otra banda del río, la capital,
Shanghai, está llena de comercios y de almacenes de dudoso material
y objetos de lujo. Aquí el dinero se mueve rápidamente.
Dos casos prácticos los observo al adentrarme en los hutongs y
ver por las puertas medio abiertas de algunas casas, como se juegan el
dinero en partidas clandestinas de cartas, y como blanquean el dinero
de una compra en un almacén de dudosa legalidad al hacer pagar
con una tarjeta de crédito el mismo valor de la compra hecha,
a oro en una joyería.
Pero lo que más rápido se mueve en el país es el
Maglev, tren bala que se mueve por levitación magnética
y que hace los 42 Km. que separan la ciudad del aeropuerto en ocho minutos
con una velocidad punta sostenida de 431 Km/h.
   
Regresando a la capital en tren nocturno,
siempre lleno, concilio el sueño con la lectura del Libro Rojo de Mao comprado en Tiananmen
después de un duro regateo pues, al igual que la mayoría
de los países árabes, nada tiene un precio fijo en los
mercados.
En este inmenso país superpoblado donde escupir parece ser el
deporte nacional, el visitante acaba por ser sorprendido en todo momento,
desde los espectáculos públicos de los malabaristas o en
la práctica del Zen y Kung-Fu, a los privados, aunque si no me
sorprende ver como un joven pasa música mp3 del móvil al
i-pod por el bluetooth, si lo hace el monje budista escribiendo un sms
en su móvil de pantalla táctil en un semáforo o
los tenderetes donde venden pinchos de escorpión o de ciempiés
por citar algunos.
Una respuesta me quedó en la mente cuando le pregunté a
un habitante sobre diversos datos del país: “En China todo
es grande”.
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