JORDI GAYA-GALLOFRÉ
 
GEÓGRAFO, ESPECIALIZADO EN FOTOGRAFIA Y CRÓNICAS DE VIAJES
Email: jorgafre@hotmail.com
 
 

 

 

JAPÓN, EL PAIS DEL SOL NACIENTE

 

Japón (origen del sol) o más conocido como el país del sol naciente, está formado por cuatro grandes islas y muchas más de pequeñas que flotan entre el Océano Pacífico y el mar del Japón.
Meca de la alta tecnología, sus 160 millones de habitantes conviven con las más arraigadas tradiciones orientales, basadas en la familia y el culto al trabajo.
Lo primero que deja impresionado al viajero que se desplaza por el país es el “shinkansen”, tren bala que circula a velocidades medias de 250 Km/h y sorprende por su rapideza, pero también por su extrema puntualidad y eficiencia, donde el revisor, después de hacer la reverencia a los pasajeros, pide disculpas previamente a la comprobación del billete y donde la gente, a la mínima que puede y sobretodo en los metros, aprovecha para hacer una siestecita, deporte nacional del país, eso si no es en la hora punta donde los revisores nos empujan embutiéndonos en los vagones a fin que se puedan cerrar las puertas.
Ya a pié, las cales pulcras y limpias (y no se encuentran papeleras) son adornadas por maceteras en las aceras de las grandes avenidas de las metrópolis. Sus habitantes, muy reservados, hacen uso de una exagerada amabilidad en cualquier momento que te dirijas a ellos a fin de obtener información. Gente de la más diversa, vestidos unos con traje y corbata, otros con el tradicional “kimono” y los más jóvenes y atrevidos utilizando la vestimenta de los comics “manga” (harajuku), utilizan sus móviles continuamente todos en posición de silencio a fin de no molestar a los ciudadanos de alrededor suyo. Fuera, en el asfalto, gran cantidad de motos de gran cilindrada se filtran entre los vehículos diminutos de formas cúbicas y los monovolúmenes (todos de marca japonesa) de grandes dimensiones. En medio, las bicicletas todavía sobreviven por los carriles bici o las aceras sorteando el hormigueo continuo del ir y venir de sus habitantes.

 


Tokio es una metrópoli de 16 millones de habitantes bien diferenciada por barrios, des de los rascacielos de Ginza a los templos de Asakusa, pasando por la zona de la tecnología y “manga” cerca de Sinjuku al barrio de Shibuya donde el consumismo explota a cualquier producto y la gente es bombardeada por anuncios en las intersecciones de los semáforos por pantallas gigantes de televisión colgadas en los edificios esquineros, donde la densidad de población llega a más de 16.000 habitantes por kilómetro cuadrado en el mismo Shinjuku. Yokohama hace la competencia a Tokio para poder ser el centro financiero del país. Con la torre más alta del Japón, subo las 68 plantas en 40 segundos en el ascensor (presurizado) más rápido del mundo. La vista impresiona a cualquiera quedando bajo mis pies toda la modernidad que se ve tras los cristales.

 

 

Pero el caso más extremo de modernidad lo pruebo en los hoteles cápsula. A modo de panel de abejas, celdas de dos metros cuadrados son la “habitación” que incluye un colchón, televisión y lo justo para tumbarme y descansar durante la noche. Por otra banda, recorriendo a la tradición, los “Ryokan”, mucho más espaciosos que las cápsulas pero sin i más allá, ofrecen el tatami con la puerta corredera en láminas de papel para quien no pueda superar la claustrofobia del primero. Igual de moderno es el centro de Kyoto, antigua capital del país, todo y que es en esta ciudad donde puedo ver las geishas, toda una institución en el país, acudiendo al lugar de citación de algún potentado nipón a ofrecer sus servicios de entretenimiento por los cuales ha estado durante largo tiempo educada. También soy invitado casual en la ceremonia de los votos de un grupo de monjes sintoístas, aunque es en Koyasan donde me adentro en la cultura budista al convivir en un monasterio y participar muerto de sueño a las 5 de la madrugada en sus plegarias, con el aliciente posterior de un desayuno vegetariano a base de algas y sushi.

 

 

Los 132 templos que hay en la zona, rodeados de bosques, se han ganado la distinción de Patrimonio de la Humanidad. Igual de tradicional es el baño japonés, senado en un taburete de madera delante del surgiente de agua, hago la limpieza corporal con la posterior relajación en la piscina de agua casi hirviendo. También igual de tradicional es un espectáculo de “sumo” en el Estadio Nacional, donde grandes murales de los mejores “rikishi” (luchadores se exponen en las paredes del estadio. Pero más popular es todavía el béisbol, deporte del cual son campeones del mundo, y lo compruebo en el estadio de los Gyants, donde veo los mejores bateadores picando con intensidad y haciendo gritar la multitud que se congrega en el grandioso estadio cubierto.
Buscando en las raíces del país, Nara fue la primera capital que tuvo Japón, y su grandeza queda testimoniada por el inmenso templo hecho en madera (el más grande de mundo en sus características resguardado dentro de un gran parque donde los cervatillos acostumbrados a la presencia humana se acercan para investigar si llevo algo de comida dentro de mi mochila. A las afueras, Horiuji es el enclave donde el Emperador del momento hizo construir su palacio, y es visitado por grupos de escolares con el uniforme típico y la maestra que lleva la banterita y el sombrero al igual que en los capítulos de los comics manga del conocido Shin-Chan.

 


Resiguiendo el Mar del Japón, en Kanazawa puedo disfrutar del festival de música popular que se celebra y puedo vivir en primera persona las tradiciones japonesas del baile, música y teatro. Más al norte, en Wakura, se pueden hasta divisar a pié de costa los criaderos de ostras y moluscos.
Yendo hacia el centro de Hunsu, la isla central del país, y adentrándome en los Alpes Japoneses, Tokoyama y Furukawa son un mar de paz donde la harmonía y el silencio en las calles compite con la paz paseando por los senderos de los bosques que los rodean. Es en estas poblaciones donde descubro como se elabora y los tipos que existen de “sake”, la bebida más conocida y famosa del país. Cerca, la Aldea Hida es una representación del modo de vida de sus habitantes en los Siglos XVIII y XIX en casas perfectamente conservadas y en harmonía con el medio que lo rodea.

 


La capital de la zona, Nagano, es famosa para el visitante por ser la sede de unos juegos olímpicos de invierno y igualmente interesante de conocer para pasear por sus calles y hacer práctica de establecer conversación con sus habitantes.
Pero la montaña más famosa del país no se encuentra en los Alpes japoneses, sino más al este. El Monte Fuji, respetuosamente llamado Fuji-san, ofrece magníficas vistas desde Kawaguchiko si las nubes no lo impiden, las causantes de dar más que suficientes precipitaciones como par ue el país sea un manto verde de vegetación y que te deje calado después de horas de caer continuamente.
Espectacularmente verde es la zona boscosa donde se encuentra Nikko, un conjunto de templos budistas, el más famoso del país, donde carretilladas de turistas japoneses y alguno de extranjero como yo quedamos boquiabiertos delante de las tallas en madera de los pórticos de los templos.

 


Pero el momento que vivo más intensamente es la subasta del pescado en el mercado de Tokio. Los atunes más bien pagados del mundo desfilan por las inmensas naves a las 4 de la madrugada y son vendidas al mejor postor en una ceremonia que ni los mismos japoneses de a pié pueden llegar a entender. Pulpos gigantes, sepias y calamares, infinidad de especies de pescado y moluscos son vendidos al por-mayor par ofrecer el mejor pescado crudo a los paladares más entendidos.
Después de ver como la gente respeta un estricto código de conducta, una forma ordenada de convivencia en tan poco espacio, la perfección en las comunicaciones y su carácter tranquilo y apacible, se entiende como el gran contraste entre tradición y innovación pueda convivir perfectamente en armonía.


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