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JAPÓN, EL PAIS DEL
SOL NACIENTE
Japón (origen del
sol) o más conocido como el país del sol naciente, está formado
por cuatro grandes islas y muchas más de pequeñas que flotan
entre el Océano Pacífico y el mar del Japón.
Meca de la alta tecnología, sus 160 millones de habitantes conviven
con las más arraigadas tradiciones orientales, basadas en la familia
y el culto al trabajo.
Lo primero que deja impresionado al viajero que se desplaza por el país
es el “shinkansen”, tren bala que circula a velocidades medias
de 250 Km/h y sorprende por su rapideza, pero también por su extrema
puntualidad y eficiencia, donde el revisor, después de hacer la
reverencia a los pasajeros, pide disculpas previamente a la comprobación
del billete y donde la gente, a la mínima que puede y sobretodo
en los metros, aprovecha para hacer una siestecita, deporte nacional del
país, eso si no es en la hora punta donde los revisores nos empujan
embutiéndonos en los vagones a fin que se puedan cerrar las puertas.
Ya a pié, las cales pulcras y limpias (y no se encuentran papeleras)
son adornadas por maceteras en las aceras de las grandes avenidas de las
metrópolis. Sus habitantes, muy reservados, hacen uso de una exagerada
amabilidad en cualquier momento que te dirijas a ellos a fin de obtener
información. Gente de la más diversa, vestidos unos con traje
y corbata, otros con el tradicional “kimono” y los más
jóvenes y atrevidos utilizando la vestimenta de los comics “manga” (harajuku),
utilizan sus móviles continuamente todos en posición de silencio
a fin de no molestar a los ciudadanos de alrededor suyo. Fuera, en el asfalto,
gran cantidad de motos de gran cilindrada se filtran entre los vehículos
diminutos de formas cúbicas y los monovolúmenes (todos de
marca japonesa) de grandes dimensiones. En medio, las bicicletas todavía
sobreviven por los carriles bici o las aceras sorteando el hormigueo continuo
del ir y venir de sus habitantes.
  
Tokio es una metrópoli de 16 millones de habitantes bien diferenciada
por barrios, des de los rascacielos de Ginza a los templos de Asakusa,
pasando por la zona de la tecnología y “manga” cerca
de Sinjuku al barrio de Shibuya donde el consumismo explota a cualquier
producto y la gente es bombardeada por anuncios en las intersecciones
de los semáforos por pantallas gigantes de televisión colgadas
en los edificios esquineros, donde la densidad de población llega
a más de 16.000 habitantes por kilómetro cuadrado en el
mismo Shinjuku. Yokohama hace la competencia a Tokio para poder ser el
centro financiero del país. Con la torre más alta del Japón,
subo las 68 plantas en 40 segundos en el ascensor (presurizado) más
rápido del mundo. La vista impresiona a cualquiera quedando bajo
mis pies toda la modernidad que se ve tras los cristales.
 
Pero el caso más
extremo de modernidad lo pruebo en los hoteles cápsula. A modo
de panel de abejas, celdas de dos metros cuadrados son la “habitación” que
incluye un colchón, televisión y lo justo para tumbarme
y descansar durante la noche. Por otra banda, recorriendo a la tradición,
los “Ryokan”, mucho más espaciosos que las cápsulas
pero sin i más allá, ofrecen el tatami con la puerta corredera
en láminas de papel para quien no pueda superar la claustrofobia
del primero. Igual de moderno es el centro de Kyoto, antigua capital
del país, todo y que es en esta ciudad donde puedo ver las geishas,
toda una institución en el país, acudiendo al lugar de
citación de algún potentado nipón a ofrecer sus
servicios de entretenimiento por los cuales ha estado durante largo tiempo
educada. También soy invitado casual en la ceremonia de los votos
de un grupo de monjes sintoístas, aunque es en Koyasan donde me
adentro en la cultura budista al convivir en un monasterio y participar
muerto de sueño a las 5 de la madrugada en sus plegarias, con
el aliciente posterior de un desayuno vegetariano a base de algas y sushi.

Los 132 templos que hay en
la zona, rodeados de bosques, se han ganado la distinción de Patrimonio de la Humanidad. Igual
de tradicional es el baño japonés, senado en un taburete
de madera delante del surgiente de agua, hago la limpieza corporal con
la posterior relajación en la piscina de agua casi hirviendo. También
igual de tradicional es un espectáculo de “sumo” en
el Estadio Nacional, donde grandes murales de los mejores “rikishi” (luchadores
se exponen en las paredes del estadio. Pero más popular es todavía
el béisbol, deporte del cual son campeones del mundo, y lo compruebo
en el estadio de los Gyants, donde veo los mejores bateadores picando con
intensidad y haciendo gritar la multitud que se congrega en el grandioso
estadio cubierto.
Buscando en las raíces del país, Nara fue la primera capital
que tuvo Japón, y su grandeza queda testimoniada por el inmenso
templo hecho en madera (el más grande de mundo en sus características
resguardado dentro de un gran parque donde los cervatillos acostumbrados
a la presencia humana se acercan para investigar si llevo algo de comida
dentro de mi mochila. A las afueras, Horiuji es el enclave donde el Emperador
del momento hizo construir su palacio, y es visitado por grupos de escolares
con el uniforme típico y la maestra que lleva la banterita y el
sombrero al igual que en los capítulos de los comics manga del conocido
Shin-Chan.

Resiguiendo el Mar del Japón, en Kanazawa puedo disfrutar del
festival de música popular que se celebra y puedo vivir en primera
persona las tradiciones japonesas del baile, música y teatro.
Más al norte, en Wakura, se pueden hasta divisar a pié de
costa los criaderos de ostras y moluscos.
Yendo hacia el centro de Hunsu, la isla central del país, y adentrándome
en los Alpes Japoneses, Tokoyama y Furukawa son un mar de paz donde la
harmonía y el silencio en las calles compite con la paz paseando
por los senderos de los bosques que los rodean. Es en estas poblaciones
donde descubro como se elabora y los tipos que existen de “sake”,
la bebida más conocida y famosa del país. Cerca, la Aldea
Hida es una representación del modo de vida de sus habitantes
en los Siglos XVIII y XIX en casas perfectamente conservadas y en harmonía
con el medio que lo rodea.

La capital de la zona, Nagano, es famosa para el visitante por ser la
sede de unos juegos olímpicos de invierno y igualmente interesante
de conocer para pasear por sus calles y hacer práctica de
establecer conversación con sus habitantes.
Pero la montaña más famosa del país no se encuentra
en los Alpes japoneses, sino más al este. El Monte Fuji, respetuosamente
llamado Fuji-san, ofrece magníficas vistas desde Kawaguchiko si
las nubes no lo impiden, las causantes de dar más que suficientes
precipitaciones como par ue el país sea un manto verde de vegetación
y que te deje calado después de horas de caer continuamente.
Espectacularmente verde es la zona boscosa donde se encuentra Nikko,
un conjunto de templos budistas, el más famoso del país,
donde carretilladas de turistas japoneses y alguno de extranjero como
yo quedamos boquiabiertos delante de las tallas en madera de los pórticos
de los templos.

Pero el momento que vivo más intensamente es la subasta del pescado
en el mercado de Tokio. Los atunes más bien pagados del mundo
desfilan por las inmensas naves a las 4 de la madrugada y son vendidas
al mejor postor en una ceremonia que ni los mismos japoneses de a pié pueden
llegar a entender. Pulpos gigantes, sepias y calamares, infinidad de
especies de pescado y moluscos son vendidos al por-mayor par ofrecer
el mejor pescado crudo a los paladares más entendidos.
Después de ver como la gente respeta un estricto código
de conducta, una forma ordenada de convivencia en tan poco espacio, la
perfección en las comunicaciones y su carácter tranquilo
y apacible, se entiende como el gran contraste entre tradición
y innovación pueda convivir perfectamente en armonía.
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