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Egipto, con una civilización
tan antigua como la primera escritura, no es solo pirámides y
tumbas faraónicas. Es un país donde el río Nilo
vertebra su vida cotidiana en la sociedad. Son los oasis del desierto
donde se puede encontrar la paz absoluta, es la Península del
Sinaí con gran carga histórica pasada (Monte Sinaí),
reciente (guerra de los seis dias) y con una vertiente lúdica
basada en el buceo en el Mar Rojo. Es un pais que incluye lugares que
forman parte de las siete maravillas de la humanidad, tales como Alejandria
o Gizá, ciudades de pasado colonial, caso de Suez o Port Said,
que la dotan de una heréncia cultural donde la religión
islámica, predominante, comparte protagonismo con la cristiana
copta, casi desconocida por nosotros.
La mayoría de los egipcios me explican que quieren mirar al futuro
con paso decidido, pidiendo continuas reformas, pero que el gobierno, con
Mubarak como jefe del gobierno desde hace aproximadamente 24 años
y con un sector islamista radical minoritario pero con poder, tiene una
tarea bastante difícil para poder dar un paso adelante. Mientras,
para cualquier viajero, es el país que no puede faltar en su agenda.
La primera parte del viaje la dedico a visitar el Alto y Medio Egipto,
la tierra de la antigua civilización Nubia y la de los Faraones
que erigieron sus templos para la eternidad.
 Me
llama la atención el aspecto físico que presentan casi todos
los nubios. Altísimos, fuertes, con la piel quemada por el calor
de los 40ºC ya a las 11 de la mañana en el mes de abril, y
a la vez todo lo que tienen de gigantes lo tienen de nobles y cordiales.
Buena parte del antiguo Reino Nubio ha quedado sumergido bajo las aguas
del lago Nasser por la presa de Assuan, obra faraónica actual donde
los 10.000 millones de Kwh de energia generada fueron un argumento
de peso para acabar engullendo ciudades y templos, reubicados para salvar
los
más significativos, Abu Simbel (el más destacable) y Filé,
donde se conserva el Nilómetro, instrumento que servía para
calcular los impuestos a los agricultores en base a las crecidas del río
Nilo.
El tramo que hay desde el Templo de Kom Ombo al de Edfu es un hormigueo
de gente trabajando en
las orillas del Nilo. Es la época de recogida de la caña
y siega del trigo. Mientras los niños, sentados encima de los pollinos
cargados de forraje me saludan al pasar, los hombres mayores, más
atareados, cargan los vagones de tren con la caña acabada de cortar.
Estas imágenes me recuerdan que el río Nilo ha sido y sigue
siendo el granero del país.
Llegando a la antigua Tebas, Luxor
es el centro neurálgico de la mayoría de las maravillas de
las obras farónicas. Cada día me levanto a las 5:30 de la
mañana (después que desde los minaretes de las mezquitas
hayan llamado a la oración) para intentar evitar el calor, y como
un plato de “kushari” (arroz, pasta, legrumbres y tomate) para
coger fuerzas y visitar los templos. Un
viejo transbordador me lleva al otro lado del río, punto de partida
para visitar las tumbas de las valles de los Reyes y Reinas, así como
otros templos.
En Egipto nada tiene un precio fijo y el regateo es uno de los más
intensos que he encontrado en el mundo árabe. Así lo compruebo
en una fábrica de alabastro negociando manufacturas entre vaso y
vaso de te.
El Templo de Karnak es la perla de la zona. Basta con decir que caben las
10 Catedrales más grandes del mundo dentro del Templo para hacerse
una idea de su magnitud.
Ya dentro del llamado Egipto Medio, Qena es el bastión del islamismo
radical y lugar de paso para visitar los Templos de Dandara y Abydos. Aprovechando
que se monta un comboy para llegar a la zona, vamos protegidos por vehículos
policiales fuertemente armados que nos hacen circular a velocidad de Formula
1 al paso por Qena, donde el tránsito y las calles que desembocan
a nuestro paso quedan cortadas por vigilancia armada, dando a la situación
mucho respeto al momento vivido, pero lo compensa la visita consiguiente.
Antes de empezar la segunda parte del viaje, hago una pausa en la Península
del Sinaí. La vía natural más rápida es desplazarse
hacia Hurgada y de allí tomar el ferry hasta Sharm el Sheik, pero
huyendo de las masas me aposento 150Km más arriba, en Dahab, en
el Mar Rojo. Bucear en este lugar es un placer y me quedo boquiabierto
observando el coral de varios colores y el movimiento de los peces curiosos
con mi presencia a su alrededor. Igualmente
aprovecho esta pausa para visitar el Monasterio de Santa Catalina y subir
al Monte Sinaí, dónde Moisés recibió las Tablas
de los Mandamientos. La visita desde aquí arriba se hace idílica
cuando el sol se va poniendo y las montañas van cambiando el color
de la roca, pasando del rojo al naranja y al gris.
Salir de la Península del Sinaí me cuesta 5 controles de
pasaporte y la husmeada de un perro adiestrado en mi mochila. Desde Suez
atravieso el Canal por un paso subterráneo, pero más espectacular
es verlo desde la ciudad de Ismailiya.
El
transbordador que cruza los cerca de 400 metros de ancho del canal, otra
obra que considero como faraónica, lo hace cada 10 minutos entre
paso y paso de los petroleros y mercantes gigantes que generan el 14% del
tránsito marítimo mundial por este punto. Justo al otro lado
del canal, nuevamente en la Península del Sinaí, se encuentra
el antiguo campamento militar construido por los israelíes en la
Guerra de los Seis Días. Con un permiso, visito el Campamento y
me entero que el actual Jefe de Israel, Ariel Sharon, fue uno de los Generales
que provocó la invasión.
El
otro hecho curioso del viaje me sucede en Alejandría, la ciudad
más occidentalizada de Egipto (quizás reafirmado por su tranvía)
y con mayor porcentaje de clase media. Con una “corniche” (paseo
marítimo) muy similar al del Malecón de la Habana, se ubica
el Patriarcado de la Iglesia Cristiana Copta. Voy a visitar la Catedral
con la suerte de poder ver al Papa de los Coptos, así como recibir
la bienvenida en boca propia ante mi admiración y quizás
la suya al ser la única persona que en su trayecto no le besa la
mano.
Habiendo recorrido el país en tren, bus, faluca, calesa y otros
medios de transporte, ahora me toca probar el camello. Es así como
al igual que hizo David Roberts por medio del desierto de tierra, veo ya
de lejos las Pirámides de Gizá. La magnitud de sus dimensiones
me deja sin palabra, aunque la belleza del interior la encuentro en las
Mastabas de Saqqara, con representaciones grabadas en la roca de escenas
de la vida cotidiana del momento.
Más al sur, el Oasis de El Fayum sorprende al visitante al ver como
de la nada de la arena del desierto, brota una cascada de agua desde una
colina que llena los dos lagos de la zona y le da vida a la región.
Los últimos días del viaje los reservo para conocer la capital.
La metrópoli de El Cairo, la ciudad de las mil mezquitas, con cerca
de 20 millones de habitantes, es la metrópoli más grande
de África. El caos circulatorio que hay hace que cruzar la calle
se convierta en un deporte de aventura, y en uno de riesgo hacer un recorrido en
taxi. Desde
la Ciudadela hay una bonita vista de El Cairo Islámico, pero tiene
más regusto darle un vistazo desde arriba del Minarete de la Mezquita
Azul después de darle una “bankshish” (la palabra más
escuchada en el país, que quiere decir propina) al vigilante del
Templo. Pasear por aquí, andando discretamente y con esmero, es
como retroceder 150 años atrás, y donde los intensos olores
penetran en la nariz.
La otra cara es El Cairo Copto, religión abrazada por el 10% de
la población, donde la parada de metro de “Mar Girgis” (San
Jorge) es la puerta de entrada a la antigua Babilonia, primer nombre que
recibió la ciudad y donde se refugió la Sagrada Familia en
su huida de Palestina.
Toda esta
mezcla de sensaciones vividas ha hecho que admire Egipto tal como en su
momento hizo Herodoto
calificando al país
como “el don del Nilo”.
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