JORDI GAYA-GALLOFRÉ
 
GEÓGRAFO, ESPECIALIZADO EN FOTOGRAFÍA Y CRÓNICAS DE VIAJES
Email: jorgafre@hotmail.com
 
 

 

EGIPTO, EL DON DEL NILO

 

Egipto, con una civilización tan antigua como la primera escritura, no es solo pirámides y tumbas faraónicas. Es un país donde el río Nilo vertebra su vida cotidiana en la sociedad. Son los oasis del desierto donde se puede encontrar la paz absoluta, es la Península del Sinaí con gran carga histórica pasada (Monte Sinaí), reciente (guerra de los seis dias) y con una vertiente lúdica basada en el buceo en el Mar Rojo. Es un pais que incluye lugares que forman parte de las siete maravillas de la humanidad, tales como Alejandria o Gizá, ciudades de pasado colonial, caso de Suez o Port Said, que la dotan de una heréncia cultural donde la religión islámica, predominante, comparte protagonismo con la cristiana copta, casi desconocida por nosotros.
La mayoría de los egipcios me explican que quieren mirar al futuro con paso decidido, pidiendo continuas reformas, pero que el gobierno, con Mubarak como jefe del gobierno desde hace aproximadamente 24 años y con un sector islamista radical minoritario pero con poder, tiene una tarea bastante difícil para poder dar un paso adelante. Mientras, para cualquier viajero, es el país que no puede faltar en su agenda.
La primera parte del viaje la dedico a visitar el Alto y Medio Egipto, la tierra de la antigua civilización Nubia y la de los Faraones que erigieron sus templos para la eternidad.
Me llama la atención el aspecto físico que presentan casi todos los nubios. Altísimos, fuertes, con la piel quemada por el calor de los 40ºC ya a las 11 de la mañana en el mes de abril, y a la vez todo lo que tienen de gigantes lo tienen de nobles y cordiales. Buena parte del antiguo Reino Nubio ha quedado sumergido bajo las aguas del lago Nasser por la presa de Assuan, obra faraónica actual donde los 10.000 millones de Kwh de energia generada fueron un argumento de peso para acabar engullendo ciudades y templos, reubicados para salvar los más significativos, Abu Simbel (el más destacable) y Filé, donde se conserva el Nilómetro, instrumento que servía para calcular los impuestos a los agricultores en base a las crecidas del río Nilo.
El tramo que hay desde el Templo de Kom Ombo al de Edfu es un hormigueo de gente trabajando en las orillas del Nilo. Es la época de recogida de la caña y siega del trigo. Mientras los niños, sentados encima de los pollinos cargados de forraje me saludan al pasar, los hombres mayores, más atareados, cargan los vagones de tren con la caña acabada de cortar. Estas imágenes me recuerdan que el río Nilo ha sido y sigue siendo el granero del país.
Llegando a la antigua Tebas, Luxor es el centro neurálgico de la mayoría de las maravillas de las obras farónicas. Cada día me levanto a las 5:30 de la mañana (después que desde los minaretes de las mezquitas hayan llamado a la oración) para intentar evitar el calor, y como un plato de “kushari” (arroz, pasta, legrumbres y tomate) para coger fuerzas y visitar los templos. Un viejo transbordador me lleva al otro lado del río, punto de partida para visitar las tumbas de las valles de los Reyes y Reinas, así como otros templos.
En Egipto nada tiene un precio fijo y el regateo es uno de los más intensos que he encontrado en el mundo árabe. Así lo compruebo en una fábrica de alabastro negociando manufacturas entre vaso y vaso de te.
El Templo de Karnak es la perla de la zona. Basta con decir que caben las 10 Catedrales más grandes del mundo dentro del Templo para hacerse una idea de su magnitud.
Ya dentro del llamado Egipto Medio, Qena es el bastión del islamismo radical y lugar de paso para visitar los Templos de Dandara y Abydos. Aprovechando que se monta un comboy para llegar a la zona, vamos protegidos por vehículos policiales fuertemente armados que nos hacen circular a velocidad de Formula 1 al paso por Qena, donde el tránsito y las calles que desembocan a nuestro paso quedan cortadas por vigilancia armada, dando a la situación mucho respeto al momento vivido, pero lo compensa la visita consiguiente.
Antes de empezar la segunda parte del viaje, hago una pausa en la Península del Sinaí. La vía natural más rápida es desplazarse hacia Hurgada y de allí tomar el ferry hasta Sharm el Sheik, pero huyendo de las masas me aposento 150Km más arriba, en Dahab, en el Mar Rojo. Bucear en este lugar es un placer y me quedo boquiabierto observando el coral de varios colores y el movimiento de los peces curiosos con mi presencia a su alrededor. Igualmente aprovecho esta pausa para visitar el Monasterio de Santa Catalina y subir al Monte Sinaí, dónde Moisés recibió las Tablas de los Mandamientos. La visita desde aquí arriba se hace idílica cuando el sol se va poniendo y las montañas van cambiando el color de la roca, pasando del rojo al naranja y al gris.
Salir de la Península del Sinaí me cuesta 5 controles de pasaporte y la husmeada de un perro adiestrado en mi mochila. Desde Suez atravieso el Canal por un paso subterráneo, pero más espectacular es verlo desde la ciudad de Ismailiya.
El transbordador que cruza los cerca de 400 metros de ancho del canal, otra obra que considero como faraónica, lo hace cada 10 minutos entre paso y paso de los petroleros y mercantes gigantes que generan el 14% del tránsito marítimo mundial por este punto. Justo al otro lado del canal, nuevamente en la Península del Sinaí, se encuentra el antiguo campamento militar construido por los israelíes en la Guerra de los Seis Días. Con un permiso, visito el Campamento y me entero que el actual Jefe de Israel, Ariel Sharon, fue uno de los Generales que provocó la invasión.
El otro hecho curioso del viaje me sucede en Alejandría, la ciudad más occidentalizada de Egipto (quizás reafirmado por su tranvía) y con mayor porcentaje de clase media. Con una “corniche” (paseo marítimo) muy similar al del Malecón de la Habana, se ubica el Patriarcado de la Iglesia Cristiana Copta. Voy a visitar la Catedral con la suerte de poder ver al Papa de los Coptos, así como recibir la bienvenida en boca propia ante mi admiración y quizás la suya al ser la única persona que en su trayecto no le besa la mano.
Habiendo recorrido el país en tren, bus, faluca, calesa y otros medios de transporte, ahora me toca probar el camello. Es así como al igual que hizo David Roberts por medio del desierto de tierra, veo ya de lejos las Pirámides de Gizá. La magnitud de sus dimensiones me deja sin palabra, aunque la belleza del interior la encuentro en las Mastabas de Saqqara, con representaciones grabadas en la roca de escenas de la vida cotidiana del momento.
Más al sur, el Oasis de El Fayum sorprende al visitante al ver como de la nada de la arena del desierto, brota una cascada de agua desde una colina que llena los dos lagos de la zona y le da vida a la región.
Los últimos días del viaje los reservo para conocer la capital. La metrópoli de El Cairo, la ciudad de las mil mezquitas, con cerca de 20 millones de habitantes, es la metrópoli más grande de África. El caos circulatorio que hay hace que cruzar la calle se convierta en un deporte de aventura, y en uno de riesgo hacer un recorrido en taxi. Desde la Ciudadela hay una bonita vista de El Cairo Islámico, pero tiene más regusto darle un vistazo desde arriba del Minarete de la Mezquita Azul después de darle una “bankshish” (la palabra más escuchada en el país, que quiere decir propina) al vigilante del Templo. Pasear por aquí, andando discretamente y con esmero, es como retroceder 150 años atrás, y donde los intensos olores penetran en la nariz.
La otra cara es El Cairo Copto, religión abrazada por el 10% de la población, donde la parada de metro de “Mar Girgis” (San Jorge) es la puerta de entrada a la antigua Babilonia, primer nombre que recibió la ciudad y donde se refugió la Sagrada Familia en su huida de Palestina.

Toda esta mezcla de sensaciones vividas ha hecho que admire Egipto tal como en su momento hizo Herodoto calificando al país como “el don del Nilo”.

 

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